La mengua

Tapa La mengua

  • Formato: 14X21 cm
  • Año: 2015
  • Género: Novela
  • Páginas: 198
  • Precio: 280
  • ISBN: 978-987-28883-5-0

Reproducimos aquí el texto de Mariano Dupont escrito para la presentación de “La mengua”, de Susana Campos.

La voz es todo

No es común encontrarse con una voz. Siempre fue así, las voces no abundan. Por eso son preciadas. Me refiero, por supuesto, a las voces singulares. A las voces que hacen de la singularidad su rasgo más evidente y que buscan, a través de esa singularidad –una singularidad obtenida, sobre todo, a través de un trabajo y una paciencia en la educación del oído– decir algo que salga de la pesadez, del tedio, del ronroneo de lo mismo (pero nunca parecido); algo que no responda, o sea, a los dictados del mundo agobiante y predecible de la sordera.

Es raro, decía, muy raro, entonces, encontrarse con una voz, con un hilo de voz que no se corte al primer tirón que –aviesa, maliciosamente– realiza siempre ese perverso lector que, a contrapelo del lector adocenado, les pide a los libros otra cosa. ¿Qué cosa? Algo de verdad, podríamos decir. O de vida, que en la literatura son sinónimos. O en todo caso, simplemente, lo que le pide al libro el perverso lector, hermano y semejante, es que no sea una reproducción más o menos lograda, más o menos realista, del sonsonete de la época.

La mengua de Susana Campos nos pone ante una voz. Apoyamos el oído como Sexton y Blake y la voz está, enseguida, ya desde las primeras páginas. Aire fresco. Es lo primero que uno se dice al arrancar esta primera hermosa novela de Campos. Así que ahí vamos, entonces, ilusionados con una primera escena llena de música y gracejo; ilusionados, sí, pero, al mismo tiempo, no sin recelo, claro, porque a esta altura y a esta edad –sobre todo a esta edad–, la decepción se ha convertido en una suerte de muñeco que nos espera siempre ahí, a la vuelta de cualquier palabra o frase insignificante, para escupirnos la lectura. Pero no, eso acá no sucede.

Bien. Avanzamos, entonces, y la novela nos lleva. Y nos dejamos llevar, contentos, como un perro de departamento que no hizo pis en todo el día y lo sacan a pasear. Un paseo en el que Campos nos despliega un paisaje, digamos, y lo llena de figuras irrisorias, ridículas, de queribles payasos que ignoran, en su inocencia, que son payasos hablados por el lenguaje, y los hace interactuar, moverse y decir sus cosas. Todo articulado en torno a la voz. La voz es todo en la novela de Campos. De la primera a la última página, ya que la voz no olvida en ningún momento su risueña singularidad, al contrario: siempre a más. Campos la sostiene, a la voz, la desovilla, la teje y la multiplica en sus personajes, fiel a un ritmo nunca monocorde, nunca tedioso, siempre vivo y cambiante. Cambio de intensidades, de velocidades, valiéndose de ese viejo truco que posiblemente haya inventado Cervantes y que popularizaron luego los escritores del siglo diecinueve: el discurso indirecto libre, y que acá, en La mengua, viene a establecer, clásicamente, la distancia necesaria para la construcción del artificio. Distancia y artificio, sin los cuales, como se sabe, no hay literatura posible ni poesía que nos espante.

Y de ahí –de la distancia, del artificio– al humor hay sólo un paso. Imaginamos a Susana Campos escribiendo con una sonrisa pintada en la boca, a mitad de camino entre la burla y el amor, justo en el medio, salomónicamente. Burlarse y amar, simultáneamente, a sus cómicas criaturas: la mejor manera de salir airoso de las trampas siempre renovadas e hijoputas que nos tiende ladinamente el lenguaje. Una sonrisa, la de Campos, sutilmente maliciosa –turrita, diría Arlt–, que, sin excluir la ternura, deja traslucir al mismo tiempo una curiosa misantropía en la que el desprecio por las cosas humanas se mezcla con la compasión y la ausencia de condena. Ningún moralismo, entonces, ningún juicio en la novela de Campos: el autor, como quería Flaubert, ausente. “No hablemos mal de nuestra época, dijo Beckett, no es peor que las pasadas.” Por ahí va la cosa.

Vamos ahora al título: La mengua. Que remite a lengua, pero evitemos esa obviedad. “Mengua”, según la RAE: Falta, pobreza necesidad, escasez. Y también deshonra, descrédito. Modestia de Campos al ponerle este título, “La mengua”, a su novela, que es tan rica en matices, en modulaciones y en detalles. Pero podemos ir, sin embargo, un poco más allá y pensar esa falta, esa pobreza –vamos primero con la primera acepción–, esa menesterosidad condensada en el título como un intento de filiar –o de entroncar, como dirían en Puán– humildemente la novela en el tronco o linaje de los grandes carenciados y los grandes solicitantes. Escritores como Kafka o Beckett o Leónidas Lamborghini, por nombrar a los primeros tres que me vienen a la cabeza; escritores que Campos ha leído y conoce bien. Escritores que supieron –y acá vamos a la segunda acepción– escribir desde el descrédito, desde la deshonra, desde la falta de virtud, y fueron grandes precisamente por eso. “Tú no tienes voz propia”, le dice la vena poética al solicitante descolocado de Leónidas Lamborghini. El otro grado cero de la escritura, en las antípodas del grado cero historicista de Barthes: la carencia de una voz. Así, en el principio, la mudez. Pero ¿cómo escribir, entonces, sin tener voz, si, como decía Kerouac, la voz es todo? Una suerte de koan zen cuya respuesta es una verdad del profeta Pero Grullo: se escribe escribiendo. Se parte sin voz, sin virtud, mudo (o nulo), pero poco a poco, si el empeño persiste, si se afina el oído, se empieza a balbucear. Y así, balbuceando balbuceando, la voz empieza a dibujarse: un hilito sale a hacer sus primeras piruetas, sus primeras torsiones, como una larva. Conozco el origen de la voz de Campos, sus primeros balbuceos. La mengua es el fruto de un trabajo de varios años en la búsqueda de una voz.

Ahora bien. Esa voz, intuyo, como toda voz verdadera, como toda voz que nos habla en un idioma nuevo, en un idioma que no se limita a repetir la sintaxis del mundo antiguo del que ya estamos hartos, no llegó para quedarse, para hacer la plancha. Esa voz singular, frágil y delicada que encontramos en La mengua está de paso. O de viaje. Hay que leer la novela para darse cuenta, para oír ese tránsito, ese pasaje. Seguramente, y acá me aventuro, Susana Campos, en su próximo libro, continúe tanteando, como en éste, aquí y allá, con una mudez feliz y renovada, en busca de esa voz perdida, que está ahí (siempre estuvo ahí), pero que sin embargo la experiencia nos ha demostrado, al menos hasta ahora, que nunca termina de encontrarse.